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Diario YA

“El extraño viaje”, un clásico de Fernando Fernán Gómez

Los Oscar, los Goya y la tradición cinematográfica

Pablo Úrbez. Por culpa de una absurda afición al cine que viene desde niño, vi por televisión la entrega de los Oscars la pasada madrugada del domingo al lunes. A pesar de lo difícil que resulta mantenerse despierto al día siguiente, nunca me arrepiento, y siempre me digo que, si Dios quiere, el próximo año repetiré. Como las ojeras y un ínfimo nivel de concentración me delatan al día siguiente, es frecuente que mis amigos me tachen de estúpido e inconsciente, alegando que “a fin de cuentas, te puedes enterar de los premios al día siguiente. El resultado es el mismo, ¿no?”
Tienen razón, el resultado es el mismo. Pero a la vez, el resultado es lo que menos me importa (que también). Porque ver los Oscars es disfrutar de una ceremonia de cuatro horas de duración, y punto. Es disfrutar del cine y entender cada vez más el cine. Los Oscars son el desfile por la alfombra roja, las pajaritas y los vestidos, los tropiezos, las lágrimas, los portes y los discursos. Es ver cómo el tiempo ha hecho mella en los actores “de toda la vida”, cómo las nuevas promesas se colocan delante de la cámara y cómo la amistad entre dos personas trasciende la ficción para darse en la realidad. Y todo esto no se percibe al día siguiente en la sección de cultura de cualquier periódico. Porque aunque se intente, jamás se reproduce del mismo modo. Es un conjunto de sensaciones de las que uno se empapa, y que cada año son diferentes aun manteniendo una misma tradición.
Un conjunto de sensaciones que, lamentablemente, no se percibe en las galas españolas. Aquella madrugada pensé en muchas cosas, y no pude evitar comparar todo aquello con el cine patrio. Porque la ceremonia de los Oscars es una fiesta del cine, y en los Goya no se habla de cine y de la fiesta solo disfrutan unos pocos. Porque premiar los trabajos cinematográficos de todo un año se convierte en la excusa para criticar al Ministerio de Cultura y promocionar la ideología más de moda en aquel momento.
No voy a entrar en el debate (repetido hasta la saciedad) de si las películas españolas son malas o no. El problema radica en el modo de entender el cine en este país. Porque si partimos de que es un arte, debemos hacernos cargo de que su fin último es deleitar al espectador, y esto se traduce en el concepto de “fiesta” que envuelve toda ceremonia. Una fiesta que, puesto que se repite cada año, debería haber adquirido cierta costumbre y tradición, con el propósito de enriquecerse de cara al futuro. En los Oscars está más que asumido ese volver la mirada hacia el pasado, pues son nuestras raíces las que nos han llevado hasta el presente. Así, nadie se extrañó de que “El mago de Oz” recibiese un homenaje para celebrar el 75 aniversario de su estreno. En España, este 2014 cumple 50 años “El extraño viaje”, un clásico de Fernando Fernán Gómez, y nadie se percató de ello durante la entrega de los Goya.
Es innegable que entre los realizadores españoles hay talento, y mucho. Abundan ideas excelentes, jóvenes con ilusión y un uso intachable del lenguaje cinematográfico. Pero faltan cimientos que sostengan todo aquello. Faltan principios que eleven las buenas historias, falta creatividad frente a los alegatos histórico-políticos y se echa de menos esa mirada hacia el pasado. Porque, como en otros tantos aspectos de nuestra historia, los españoles hemos rechazado nuestras raíces cinematográficas. No hay tradición, ni modos culturales definidos que empapen la sociedad. Por ello, a diferencia de los Oscars, todo apunta a que la próxima gala de los Goya, una vez más, no me quitará el sueño.
 

Etiquetas:cinePremios Goya