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Diario YA

La profanación: herida profunda en el Cuerpo Místico de Cristo

LA CARLANCA PARA LAS PROFANACIONES

1.- La Carlanca.
La Carlanca es el cuero jalonado de clavos que llevamos los cristianos al cuello para defendernos de la ruin dentellada del lobo. Algunos pensamos que hay que tener una actitud activa y, a veces, defender al rebaño si nuestros pastores abandonan el aprisco en la fría noche, dejándolo al albur de la lobada, ahora que la lobada está cogiendo especial atrevimiento. Pensamos que, quizás en algún momento, debamos hacer de mastines en la fría noche, si el pastor (lejos de ir delante de nosotros hacia el peligro) nos abandona, el ánimo nos acompaña y nos sentimos protegidos por nuestra carlanca de clavos.
 
La carlanca es la fe de nuestros mayores. Es el collar que nos da confianza ante el embate del maligno, que anda como león rugiente deseando hacer acopio de incautos y de rebaños abandonados.
La carlanca es la defensa que, en caso de batalla, nos ayudará a saber que el Amo está con nosotros y que tenemos que defender al rebaño aun a costa de nuestra vida. Es el testigo de que no vamos con las manos vacías a la batalla: portamos nuestra fe de clavos, gruesa y recia, alrededor de nuestra vulnerable alma de pecadores.
Una situación especialmente grave me empuja a escribir de nuevo. Una situación en la que alguna orientación (en forma de opinión totalmente personal, fruto de mi análisis, que puede contener errores y que no debe ser interpretada más que como un consejo de hermano, tal y como yo lo veo) quizás infunda ánimos a aquellos que, lógicamente, se encuentran abatidos ante tan negros nubarrones.

2.- La profanación: herida profunda en el Cuerpo Místico de Cristo
Ha pasado poco más de dos semanas desde que se profanara la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Supongo que a estas alturas los católicos entenderán que entrar en un templo sagrado sin la autorización del titular es profanarlo. Así como arrebatar un cuerpo de su sepultura sagrada, en contra de la opinión de la familia y de quien guarda ese lugar sagrado, llevándolo a otro sitio que ni siquiera es propiedad de la familia. Me imagino que alguien que consiga apartar la nata ideológica que lo sobrenada todo será capaz de ver que es una profanación en toda regla.
A nadie se le ocurriría pensar que el Estado, basado en premisas meramente ideológicas y no de seguridad, pudiera cerrar al culto durante tres semanas la mezquita más grande del mundo islámico sin permiso del imam, colocar allí sus máquinas profanando el templo con personal no creyente, impedir a los fieles (y al mismo imam) el acceso al rezo (expulsando de malos modos a los fieles de las inmediaciones), desenterrar a un musulmán eminente vulnerando los deseos de su familia, prohibir todo acto religioso o de decoro con el féretro, llevárselo en helicóptero a otro lugar que no pertenece a la familia, tratar a las personas que se congregan en ese sitio como delincuentes en potencia y encima poner trabas a quienes quieren ir allí a orar (pidiéndoles documentos de identificación e impidiéndoles rezar durante el tiempo deseado, adjudicándoles un tiempo aleatorio dependiente del humor del policía nacional de turno). Todo ello, amparado por un Decreto Ley hecho a medida para dar apariencia de legalidad a lo que es un acto aberrante.
Si esto hubiera sucedido con “la religión de paz”, hoy día España estaría ardiendo por los cuatro costados y habría quejas internacionales, la ONU y el mundo musulmán se habrían movilizado y todos los telediarios entrevistarían a fieles indignados hablando del atropello hasta que el gobierno reculara pidiendo cumplidas disculpas y dando una jugosa subvención para la promoción de la “religión de paz” en España. Pero lo sucedido no ha sido con la “religión de paz”, sino con la católica, y la mayor preocupación de muchos fieles y del resto de españoles el siguiente domingo fue que no se fuera la señal de Movistar Plus para poder ver el fútbol.
Hemos asistido encima al contubernio de los tres poderes, acabalgados hasta la coyunda entre ellos sin ningún embozo, vulnerando desde las leyes locales de San Lorenzo de El Escorial hasta acuerdos transnacionales, el derecho canónico en varios artículos, pasando por varias normas de alto rango españolas (entre las que se encuentra nuestra tan cacareada Carta Magna). Si todos los españoles no somos iguales ante la Ley, entonces somos desiguales. Podemos entonces empezar a establecer categorías y diferencias ideológicas hasta que acabemos en un chiringuito parecido a Corea del Norte. Esta partitocracia ha demostrado más que nunca que no corresponde a un modelo democrático en absoluto. Y que cuestiones ideológicas y de persecución de una religión pueden imponerse por encima de los tres poderes (que, en realidad, se han comportado como uno solo, a la orden de otro poder superior).
Fuera de los aspectos ilegales, la entrada del Estado en un templo sagrado para profanar un cadáver, vulnerando los deseos de la familia y pasando por encima del único que tiene poder para autorizar la entrada en la Basílica (el Prior del Valle, a las órdenes del Abad benedictino de Solesmes), es una herida abierta en el Cuerpo Místico de Cristo.
En efecto, la sensación de agravio que ha invadido estos días a muchos fieles católicos (y que ha sido desagraviada con un acto por el Abad del Valle el primer día de desokupación del Templo) es debida a que se ha herido profundamente a la Iglesia, que no es otra cosa que el Cuerpo Místico de Cristo, del cual Él es la cabeza. Herido uno de sus miembros, todo el Cuerpo se conmueve, se siente ofendido. Esta ofensa a la congregación de los fieles en el bautismo es global, es a todos, pues no se puede pensar que el resultado de la Nueva Alianza sea individual: es un pacto con todo un pueblo y si se ofende, se ofende a todo el Cuerpo Místico. Por eso, cuando pecamos, pecamos contra todos nuestros hermanos, no sólo contra Cristo.
El sentimiento de herida profunda de esta profanación es debido a que compartimos (desde el bautismo) latigazos con Cristo, salivazos con Cristo, persecuciones con Cristo. Igual que un día quizás compartamos con Él el Reino y la Gloria, también ahora sentimos Su dolor cuando se ve ofendido (del latín offendere, que significa literalmente golpear en un enfrentamiento).
Yo no he visto un sentimiento de ira generalizado en los fieles, sino un sentimiento de tristeza. La frase que yo escuché más repetida el día de la profanación fue “¡Qué pena!” y “¡Qué día tan triste!”: justo lo que corresponde como primer y humano sentimiento cuando un cristiano se siente herido, ofendido, y no tiene en mente a Nuestro Señor cargado con el madero.
Esa imagen del Cristo humillado y cargado, abrumado por nuestros pecados (conscientemente asumidos para la Redención), se sigue dando actualmente y hasta el fin de los tiempos, y esta profanación le ha abierto sin duda una nueva llaga.

3.- ¿Quién se frota las manos?. El sembrador de cizaña y sus peones. ¿Qué pretenden?
¿Quién se puede estar frotando las pezuñas, viendo el desconcierto del rebaño, la consternación del Pueblo de Dios, la indiferencia de una gran mayoría (cuando no la asunción, por parte de otro porcentaje de la gente, de las teorías del enemigo como buenas)? Sin duda el príncipe de este mundo, sembrador de cizaña, adorador de la discordia y de la división entre los hombres. El tiñoso, como le llamaba un santo de nuestro tiempo. Su táctica de ruptura y enfrentamiento (semilla del odio que nos profesa como criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios) ha conseguido una pírrica victoria el pasado jueves 24 de Octubre.
¿Qué mayor deseo que poder reabrir las dos Españas? ¿Qué mayor regocijo en su odio atávico y ancestral que ver, de nuevo, a hermanos contra hermanos, a gente discutiendo en el seno de las propias familias, de las comunidades de vecinos, de los barrios? ¿Qué mayor gozo que profanar de nuevo el tuétano de esta tierra de mártires y gente de hombría? ¿Qué carcajada no habrá dado el que ha salido victorioso en este atentado a la bonhomía?
Toda esta actuación lleva el sello del ángel caído, pues ha estado marcada desde su primera acción hasta la última por la soberbia desmedida de los actores: soberbia de los verborreicos analfabetos del Congreso; soberbia de los tribunales en sus sentencias (con afirmaciones humillantes para la familia); soberbia por parte de las cacatúas momificadas (¡ellas sí!) voceras del Gobierno; soberbia por parte del tonto útil ególatra, engreído y cretino que se cree que pisando a un muerto adquiere esta partitocracia alguna dignidad. Esa soberbia del ángel caído se ha pegado como una mochila de meconio a todos los alfeñiques, peones del diablo, que han participado en esta renovada hora de los enanos, rescatando las palabras aquel fabuloso escrito de aquella malograda ascua de corazones que fue José Antonio.
El maligno ha encontrado desde hace un tiempo un aliado especialmente dedicado a sus fines: las logias masónicas que, en sus grados avanzados, pisan el crucifijo y juran lealtad a Lucifer. El odio al Valle y a la figura del General tenía que materializarse en acciones concretas, que todavía no habían podido tomarse hasta ahora al disponer de una sociedad, un marco legal y una jerarquía eclesiástica que no estaban suficientemente anestesiadas para tamaña aberración.
Ellos, los masones, los mismos que empujaron la lengua viperina de Jean-Paul Marat hasta ser responsable de miles de muertes, los mismos que promovieron las desamortizaciones, los que profanaron media España en la invasión napoleónica, los que han gobernado el mundo desde hace cientos de años, han tenido al Valle en el centro de su punto de mira desde su propia edificación y al General como martillo de masones en el retortijón de sus odios más acérrimos (¡Ay, Teniente Gabaldón, cómo aupó la Transición a tus asesinos!).
Esos masones que fueron descritos certeramente por León XIII en Humanum Genus y anteriormente caracterizados por Clemente XII en 1738, Benedicto XIV con la renovación de su Constitución Apostólica, Pío VII, Pío VIII, Gregorio XVI y reiteradamente Pío IX, han seguido haciendo una labor de zapa en la sociedad, la política y la estructura jerárquica eclesial española hasta que han podido dar el golpe (que no es sino un primer paso para algo mucho más grave).
En efecto, colocando a un ambicioso y ególatra tonto útil en el gobierno (tonto útil que ha seguido a varios peones más, también presidentes), manejando los hilos de las judicaturas para aupar a los jueces más proclives a la prevaricación y majando a la sociedad española desde un medio único de comunicación, sólo les faltaba la tibieza de la Conferencia Episcopal (más preocupada por sus IBIS e inmatriculaciones, cuando no abiertamente colaborativa), para tener un terreno abonado para la profanación.
¿Acaso la tutela que (ya sin embozo y de un modo público) está ejerciendo el conocido millonario húngaro sobre el presidente del gobierno en funciones y otros líderes de partidos españoles, no tiene nada que ver con esta profanación? Sus encuentros desde el día siguiente a su investidura hasta en su última visita a Nueva York no han pasado desapercibidos. ¿No ha sido así desde hace trescientos años? ¿No han sido ellos, los masones, los que han planificado siempre en esta bendita España los magnicidios, los golpes de Estado, los atentados estratégicos, quienes han azuzado a las masas en las revoluciones y quienes han dicho quién y cómo ha de morir o gobernar? ¿Cómo no imaginar que a un tonto útil como el que nos gobierna no se le pueda dirigir por el camino que está siguiendo con tal de satisfacer su desmesurado ego y su inagotable ansia de poder? Pues poder es lo que buscan él y todos sus adláteres, peones de la profanación y acores de una obra aberrante que se cometió el día 24 ante la impudicia periodística y la general indiferencia de la masa anestesiada.
El odio que la masonería tiene a todo lo católico es la base de todas sus actuaciones. Peones del diablo, todas sus acciones van dirigidas al debilitamiento de cualquier cosa que huela a católico, ya sean obras presentes, actos futuros o la propia historia (remontándose a desmontar la fundación de Europa sobre bases eminentemente cristianas). El objeto último de este Nuevo Orden Mundial, rumiado en las tenidas por estas logias sectarias, siguiendo los dictados del príncipe de este mundo, no es otro que atacar al Cuerpo Místico de Cristo allá donde más duela.
Largo se ha hablado ya sobre la identificación de los símbolos con lo que representan. De este modo, una palabra deja de ser una palabra para convertirse directamente en lo que significa. Ataca a la palabra patria y estarás atacando a la misma Patria. Quema una bandera y estarás quemando a los que dieron su vida por ella. Prostituye el arcoíris y estarás profanando el símbolo sagrado de la alianza de Dios con Noé. Escupe sobre la historia, y harás de la historia una pantomima para las generaciones futuras. Defenestra a quien dice la verdad, y nadie se atreverá a decir la verdad.
De este modo, el símbolo de reconciliación de las dos Españas, el lugar donde se cimentó la verdadera convivencia actual (calada como un almíbar en un bizcocho desde la falta de odio que nuestros abuelos nos transmitieron al narrarnos el conflicto, hasta el tuétano de la piedra sagrada del Valle de los Caídos) se ha convertido en mucho más que un símbolo. Atácalo y atacarás la convivencia. Mancíllalo, y mancillarás la Cristiandad. Profánalo, y abrirás la cicatriz ya curada en esta Piel de Toro hasta convertirla en una bullente herida agusanada.
Ataca al Cuerpo Místico de Cristo de un modo tan salvaje e impune y sembrarás entre sus miembros la desesperanza; atacarás a su fe y darás una puñalada a la caridad sembrando el odio y el resentimiento. Pica la mosca y se gangrenará un miembro. Lo que desconocen estos aviesos masones es que el Cuerpo Místico nunca morirá. Por muchas ceremonias, profanaciones y ritos satánicos que hagan. Al contrario, nos harán más puros y fuertes en la fe.
El Valle no es un símbolo a secas. Es la cauterización de una cicatriz sanada por el perdón, la reconciliación, la redención e incluso la amnistía de las dos Españas. Desde sus estatutos fundacionales está escrito. Estudiosos como Alberto Bárcena o Pablo Linares nos lo han demostrado hasta la saciedad. El diablo rebulle de odio y fracaso desde que se erigió ese símbolo de reconciliación, y ha atacado siempre a quienes lo defendían. Si se ataca a ese símbolo, se ataca a una herida cerrada, se reabre y se la expone a la ponzoña del señor de las moscas.

4.- La actitud de la Iglesia.
La estrategia del maligno no podía circunscribirse a un solo ámbito. Para ser efectiva debía anular también la posible oposición del estamento eclesial de cara a las circunscripciones civiles y jurídicas, españolas y mundiales. ¿Qué mejor que manejar a toda la iglesia desde las Conferencias Episcopales (auténticos órganos autónomos desde una mala interpretación del Concilio, entes algunas veces disonantes con la Doctrina de la Iglesia y con la Palabra de Dios)? ¿Qué mejor que dotar a ese ente ahora de un estamento de obispos tibios, acomodaticios y complacientes con el mundo?
Confraterniza el pastor con el lobo, y las ovejas balan de preocupación en el aprisco. La desesperanza se extiende por el rebaño al ver cómo los tibios, esos que bailan al son que más les conviene, se han hecho con las jerarquías de la Iglesia institucional española. El truco es el de siempre, es una estrategia conocida: di lo mismo y lo contrario, mezcla verdad con mentira, di a quien tienes enfrente lo que quiere oír, y cuando te pregunte el contrario, di que no quisiste decir eso. Haz tuya la confusión, y podrás obrar ante el desconcierto de tu rebaño.
Lejos de adoptar un perfil bajo (aún más del que nos han ofrecido antes de la profanación), hemos tenido que ver estos días cómo el Secretario General de la CEE arremetía contra el sacerdote que ofició la inhumación en Mingorrubio, y declaró que la actitud de la Iglesia al respecto estaba de acuerdo con el refrendo de los tres poderes. ¿Qué dirá este hombre cuando, al igual que se hizo en el Ateneo, se vote si existe Dios o no y salga que no? ¿Qué hará cuando se decrete y se asuma por los tres poderes que Dios no existe? ¿Asumirá también sus decisiones, se plegará lo que diga el mundo?
Si la Iglesia ha de mimetizarse con el mundo, ¿qué ofrecerá la Iglesia al mundo? ¿Saciará nuestro anhelo de trascendencia? ¿Estará de acuerdo con el carísimo sacrificio de Redención de la Sangre de Cristo por nuestros pecados?
Ratzinger, en el libro El nuevo pueblo de Dios. Esquemas para una eclesiología (editorial Herder, 1972. Páginas 292-293), escribió:
“La verdadera obediencia no es la obediencia a los aduladores que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas”.
Añadía:
“Lo que necesita la Iglesia no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo ataque y distorsión de sus palabras; hombres, en definitiva, que amen a la Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino”.
Esta nueva humillación al sacerdote de Mingorrubio le engrandece a ojos de los fieles. Fue un hombre que lo único que hizo fue llevar consuelo a la familia y hacer un oficio digno ante tanto despropósito. Estas declaraciones del Sr. Argüello han sido otro atentado a la caridad por parte de una jerarquía que sale a cenar con el lobo fuera del aprisco en lugar de pasar la fría noche con su rebaño.
No se puede nadar y guardar la ropa; no se puede estar al plato y a las tajás; no se puede servir a dos amos. Desgraciadamente, si no se está con Dios, se está contra Él. Y ya dejó muy claro en Su Palabra qué iba a hacer con los tibios; así que más les valdría a estos obispos encamados con el mundo decantarse más claramente por el lado correcto.
También han dejado al pie de los caballos a un monje soldado, al prior del Valle. Abandonado por los estamentos oficiales, ninguneado por Roma, atacado con saña hasta la ridiculización por los medios, apoyado sólo por su superior desde Solesmes, ha sabido mantener la dignidad de la Iglesia. Sólo por él ha merecido la pena asistir a tan triste espectáculo. Incólume ante una subasta pública por sus túnicas, aguantando los salivajos periodísticos, latigazos de la Curia, amenazas veladas y no tan veladas, poniendo en riesgo toda honra mundana, don Santiago Cantera Montenegro es el vivo símbolo de la Iglesia humillada que quería San Pablo. Repasemos la biografía de Santo Tomás Becket y hagamos las similitudes con el abad del Valle. Salvo la cuchillada final a órdenes de Enrique II en Canterbury (que esperemos no se dé finalmente), podemos imaginar encarnados los valores y tenacidad del santo en este sencillo monje benedictino.
Sabedor de que un día habrá de aguantar el juicio del Altísimo, no ha querido dejarlo todo en manos de Su misericordia, como últimamente confía la mayoría. Ha preferido tomar el camino más estrecho, el más difícil y el menos transitado. Ha optado libre y valientemente por cargar con su trozo de madero, aliviando la carga de Cristo.
La lección de dignidad en la humillación de este pequeño gran monje es el germen de la Iglesia, la semilla de mostaza en la que, estoy seguro, Cristo quiere que nos fijemos. El mismo fruto de humillación que han sufrido los restos cadavéricos (y que sufre a diario desde hace cuarenta y cuatro años la figura histórica) de uno de los defensores de la cristiandad más grande que ha dado el Siglo XX y que, en una bonita metáfora, voló sobre sus súbditos el jueves 24 de Octubre, pero por debajo de la Cruz. Siempre por debajo de la Cruz.
En esas dos humillaciones (la del Prior y la del profanado) está resumida la iglesia de Cristo. En esas dos humillaciones reside la fuerza y la grandeza de toda la cristiandad, que ni el maligno ni ninguno de sus adláteres masónicos podrá borrar ya de nuestra retina. Ellos dos son también parte del Cuerpo Místico de Cristo, lo dignifican y lo hacen más grande en la Comunión de los Santos. No dejemos que el maligno nos haga proferir ataques contra la Iglesia, porque ellos dos (humillados) son Iglesia. Ellos son pertenecen al Cuerpo Místico de Cristo, son hermanos en el bautismo, y debemos seguir haciendo Iglesia desde nuestras parroquias para mantener este edificio sólido en las bases de la Doctrina y la Palabra.

5.- ¿Qué debemos hacer los católicos?
Cada lágrima que vi el pasado miércoles es un fruto de esa humillación. Una hermosa promesa de que la esperanza en Cristo está más viva que nunca. Un agua pura que sale del corazón y que regará cualquier cosa que toque. Esa fuente de lágrimas se hace una en Cristo con el agua que sacia toda sed, ese agua de la que habla San Juan de la Cruz. El agua de Cristo nace del sufrimiento, de asumir una Cruz voluntariamente aceptada.
No debemos dejarnos invadir por la desesperanza, que es lo que anhela el maligno. Somos un pueblo ungido por el óleo sagrado del bautismo, preparados por ese aceite para la batalla en la arena. Resbalarán las patas del lobo con el óleo, se hincarán sus babeantes belfos en la carlanca de nuestra fe claveteada con los mismos clavos de la Cruz de Cristo. Debemos sentirnos fuertes y, de esa confianza como partes del Cuerpo Místico de Cristo, surgirá nuestra esperanza. Mirémonos en el espejo del mismo Cristo humillado, del prior humillado, del profanado humillado, del sacerdote de Mingorrubio humillado. De esa humillación nace nuestra propia fuerza.
Pero no es un ímpetu soberbio, sino un ímpetu humilde. Debemos releer la segunda carta de San Pablo a los Filipenses, recordar la alegría basada en la humillación. Seamos un poco Simón de Cirene y carguemos un poco con nuestra parte de Cruz, aliviando a la Cabeza de nuestro Cuerpo aunque sólo sea de una de sus llagas. De ese trabajo surge nuestra propia libertad y de esa libertad de saberse cumplidores con nuestro designio, nace una alegría honda y profunda ante la cual nada ni nadie nos podrá parar. Nunca nos podrán arrancar nuestra fe. Nunca nos quitarán la carlanca si nosotros no cedemos a las insidias del maligno para desanimarnos.
Si Cristo mismo recorrió el camino inverso de Adán (que, creado a imagen y semejanza de Dios, pretendió ser como Dios con sus propias fuerzas, perdiendo la dignidad originaria), y siendo de condición divina se despojó de ella haciéndose hombre y humillándose hasta el extremo en el madero, ¿cómo nosotros no vamos a asumir una humillación mucho menor con la alegría de quien imita, como parte de un mismo Cuerpo, esperanzados en alcanzar nuestro premio? ¿Cómo no asumir  -una vez cumplido nuestro deber de evitar la profanación con todas nuestras fuerzas y con todas nuestras oraciones y sacrificios-  esta cruz de humillación como un verdadero don redentor?
Que no nos desanimen los tibios. Que sus acciones no acobarden al rebaño en el aprisco. Antes bien, recemos como hermanos por ellos. La Iglesia está compuesta de hombres, y nosotros también somos pecadores. Ejerzamos la caridad con nuestros hermanos desde el amor fraterno, desde la Comunión de los Santos. Si se han equivocado o no, no somos nosotros los que hemos de juzgarles, sino que tenemos que rezar por esos pastores tibios para que vuelvan presto a defender a sus ovejas.
Vienen tiempos de una nueva persecución. Vivimos ya, de facto, en una dictadura. Quizás venga una nueva desamortización; seguro un ostracismo cuando no una occisión social de quien manifieste su fe en público, quién sabe con qué otras consecuencias civiles. Desatada la bestia, nada impide al Estado ya entrar en un convento y expropiar cuadros o frescos de incalculable valor en pos de un supuesto interés general, hecho previamente algún Real Decreto a la medida para el expolio o reinterpretada la ley vigente dándole un escuerzo ideológico. Todo ello refrendado en cortes bajo las órdenes de los masones, con la connivencia de los que odian la Verdad y el silencio colaborativo de los cobardes. Nada va a impedir tampoco que se prohíban manifestaciones públicas de carácter religioso como actos o procesiones. El mal entendido estado laico ya está refrendado por los tres poderes y se sabe a salvo de la oposición del emasculado estamento oficial religioso, con lo cual sus acciones ebullirán fervientes en breve. Ya lo dijo sin rubor el tonto útil del Falcon (este bastardo y ridículo remedo de Enrique II de Inglaterra) el otro día en el debate: continuarán las profanaciones y las ilegalizaciones. Nadie de su entorno (cuatro partidos políticos inanes) abrió la boca en contra a partir de ese momento: todos consienten y todos asisten como convidados de piedra a esta nefanda burla a Cristo, a lo sumo emitiendo breves quejas, pero dejando que el enemigo avance.
Veo al profanado (ya grande ante mis ojos de por sí) ahora acrecentado por la humillación. Es la hora de los enanos. Pero los profanadores no saben que nuestra visión está cambiada sin remedio por el amor de Cristo redentor, y que cuanto más nos humillen, más alegres nos verán y más enaltecerán a los molidos a palos. Los profanadores ignoran que nuestra fuerza viene de la humillación. Hagamos, eso sí, todo lo que humanamente esté en nuestras manos para evitar los atentados al Cuerpo Místico de Cristo, como si dependiera exclusivamente de nosotros (a imagen del Padre Cantera, nuestro Tomás de Canterbury), pero una vez sufrido el escarnio, pongámonos en las manos de Cristo y tomemos nuestro madero como Simón de Cirene.
No veamos este acto impúdico (y los siguientes que vengan) con los ojos humanos, mirémosle con el espejo de Cristo camino del Calvario. Fijémonos en Daniel, que emitió uno de los cantos de alabanza a Dios más hermosos que se oyen aún en nuestras abadías en los Laudes del Domingo primero y tercero. Del cántico alegre del martirio de sus compañeros Ananías, Azarías y Misael encerrados en el horno, surge una alabanza de toda la Creación:
 
En medio de las llamas, los tres jóvenes, unánimes, cantaban “Bendito sea el Señor, Aleluya”
Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.
Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.
Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.
Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.
Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.
Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.
Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.
 

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.
Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.
Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.
Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.
Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.
Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.
Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.
Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.
Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.
Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.
Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.
Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.
Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

En medio de las llamas, los tres jóvenes, unánimes, cantaban “Bendito sea el Señor, Aleluya”

Miguel Pastor Serrano