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Diario YA


 

Por el valle del Swat

Jacobo Gadea, analista internacional.

La incertidumbre en Pakistán ha aumentado exponencialmente durante estos últimos días. Combates entre el Ejército y unas milicias irregulares han hecho saltar todas las alarmas sobre una posible incursión talibán en las poblaciones del noroeste del país. Y de fondo, el desconcierto generado por la dimisión de Pervez Musharraf, previsible aunque a priori no menos preocupante, y las dudas sobre la sucesión en la Jefatura del Estado musulmán.

El valle del Swat, lugar de los enfrentamientos entre guerrilleros y militares, se encuentra en las estribaciones del Medio Himalaya pakistaní, a medio camino en línea recta entre Afganistán y Cachemira. Su cercanía al paso de Khyber, que une Pakistán y Afganistán, y lo escarpado del terreno circundante han hecho históricamente del Swat una de las rutas del contrabando en la zona. De ese modo, esa misma ruta que aun hoy se usa para el tráfico de heroína entre otras mercancías, ha servido a los talibán afganos como vía de escape de la intervención occidental en su país. Y así, desde el año 2002, las montañas de los alrededores de Mongora, principal población del valle del Swat, han tenido una presencia constante de los islamistas del país vecino.

Sumado a todo esto, a principios de mes el canal de televisión pakistaní ARY One recibió una grabación supuestamente hecha por Ayman Al-Zawahri, segundo en el mando de Al-Qaeda, donde atacaba al presidente pakistaní, Musharraf. Independientemente de que el protagonista de la grabación sea efectivamente Al-Zawahri (hace poco más de un mes Estados Unidos informó de su muerte), lo importante es que Al-Qaeda ha querido provocar de nuevo una crisis en Pakistán. Con esa premisa, es fácil de explicar la ofensiva islamista en el Swat. Pero ¿qué es lo que ha llevado a los terroristas musulmanes a tomar esa decisión? ¿Por qué ahora?

Sería de ingenuo pensar que los ataques de Al-Qaeda no tienen relación directa con la dimisión de Pervez Musharraf. Con la salida del poder del polémico mandatario se ha abierto un periodo de transición donde nadie puede decir a ciencia cierta quién será el sucesor en la Jefatura del Estado.

Hay dos opciones claras. La primera, Asif Ali Zardari, viudo de Benazir Bhutto y ya candidato oficial del Partido Popular Paquistaní; la segunda, Nawaz Sharif, ex-primer ministro y posible candidato de la Liga Musulmana de Pakistán. Curiosamente, ambos partidos, PPP y la Liga, formaron una coalición por medio de la cual propiciaron la dimisión de Musharraf. Sin embargo, existe cierta controversia no sólo por el candidato a presentar, sino también por cuestiones formales como anular la potestad del Presidente de disolver el Parlamento o la restitución en sus cargos a los jueces destituidos por Musharraf.

Ninguna de estas dos opciones, y menos aun el enfrentamiento entre ellas, es bien vista por Estados Unidos y sus aliados. Si bien Musharraf era un tema espinoso e incómodo para sus socios occidentales (accedió al poder por medio de un golpe de Estado y, la mayor parte de su mandato, mantuvo al país bajo un régimen autoritario), el apoyo incondicional que dio a la causa norteamericana contra el terrorismo musulmán le hicieron indispensable para Washington. Sin embargo, las autoridades occidentales no confían en que ni el PPP, ni la Liga, ni siquiera la coalición entre los dos tengan fuerza suficiente para seguir frenando el islamismo en Pakistán: a Zardari no se le supone un mínimo de fuerza suficiente para resistir las presiones y de la Liga se sospecha cierta simpatía por el radicalismo musulmán.

Como alternativa satisfactoria para las potencias occidentales, se escucha cada vez más el nombre de Ashfaq Kayani, un enigmático general que el año pasado sustituyó a Musharraf al frente del Ejército. Aunque suene sorprendente, en occidente siempre se ha pensado que la estabilidad en Pakistán está asegurada si son los militares los que se hacen con el poder. Además, habría una garantía casi total de continuidad en la política de alianzas de Musharraf y una seguridad plena de rechazo frontal al islamismo radical.

Ante todo este clima enrarecido, Al-Qaeda ha querido tener un protagonismo propio y hacerse notar. El método elegido, como no podía ser de otro modo en el caso de unos terroristas, ha sido asesinando y provocando los enfrentamientos en el valle del Swat, aunque con casi ninguna repercusión en el resto del país. Es de suponer que este trágico hecho no tenga consecuencias negativas en la política nacional de Pakistán, y es de desear que cuanto antes se recupere la estabilidad en el único país musulmán con armamento nuclear.

 

 

 

 

Etiquetas:análisispakistán