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Omnium Cultural como la Assemblea Nacional de Catalunya andan a la caza y captura de nuevos socios

Manuel Parra Celaya
    Tanto Omnium Cultural como la Assemblea Nacional de Catalunya andan a la caza y captura de nuevos socios; así lo atestiguan los grandes carteles que pueden verse en diversos lugares de Barcelona, como estaciones de metro o paneles de anuncios. Se ve que, a base de cuestaciones públicas o de iniciativas peculiares (como esos sopars grogues -cenas amarillas- en las que todos los platos eran de ese color), no se obtenían los suficientes dineros para mantener el tren de vida de los llamados exiliados allende los Pirineos.
    Me ha venido inevitablemente al recuerdo la palabra socios con que los muy críticos y malintencionados jóvenes que militábamos en organizaciones de tinte azul en los años 60 y 70 calificábamos a quienes acudían a sacarse el carnet de FET y de las JONS (luego, Movimiento), con la esperanza de obtener alguna prebenda, por ejemplo, un piso de aquellas viviendas sindicales que entonces de se edificaban a porrillo; cuando veían defraudadas sus expectativas, desaparecían de los Distritos o rompían el carnet y a otra cosa. No hay ni que decir que esta práctica de desprenderse de documentos comprometedores se hizo general a partir de la Transición, y uno conoce algunos casos verdaderamente esperpénticos…
    La tentación de asociarse a lo que se considera predominante socialmente o de moda ha existido siempre y existirá en todas las épocas y momentos; la gente se hace socia del equipo de fútbol que gana, no del que pierde, y los clubs de fans , entre adolescentes, persisten en tanto el ídolo está en el candelero, y no cuando queda postergado.
    Por otra parte, la palabra socio lleva emparejada, en nuestros días, una connotación económica: quien se saca el correspondiente carnet se compromete a abonar una cuota o a aportar caudales a una causa, a la espera de que la inversión le proporcione algunos réditos, sea en el plano cultural, deportivo, moral o pecuniario.
    Muy diferentes son los significados de los términos que implican también una cualidad de cierto enganche o trabazón con un grupo organizado; por ejemplo, en la Marina se emplea enrolado en una tripulación determinada; en la Milicia, alistamiento es la palabra adecuada, y en la política, nos referimos al afiliado o al militante, si bien esta segunda se emplea cuando se trata de un compromiso de más envergadura (de ahí que los partidos tengan tan pocos); lo de adherido implica cierta tibieza e indecisión.
    El nacionalismo separatista tiene, quién lo duda, sus militantes, que, como en todo cuerpo de doctrina (aunque sea tan lábil y falaz como el que nos ocupa) se supone que copan las cabeceras de los grupos, partidos o entidades que se afanan en desmembrar España y en proclamar repúblicas por doquier. Pero la inmensa mayoría de lazis -esto es, portadores del lacito amarillo- responden a parecidos criterios que aquellos que antaño solicitan el carnet del Movimiento Nacional para obtener una vivienda o un enchufe. No descarto que algunos de los actuales y fervientes separatistas no se correspondan, por razones de edad, con aquellos avispados de la época del franquismo; lógicamente, no voy a perder tiempo en comprobarlo. 
    La historia es así. En los momentos de nuestra última guerra civil, miles de catalanes que habían militado en partidos y organizaciones de un sediciente catalanismo casi separatista huyeron, vía Pirineos la mayoría, a San Sebastián o a Burgos, al ver cómo peligraban sus vidas y haciendas; allí se apresuraron a ponerse una camisa azul y a levantar el brazo, viniera o no a cuento. Muchos testimonios lo atestiguan y, a guisa de ejemplo, lean ustedes las memorias de Ignacio Agustí (Ganas de hablar. Planeta), donde aparece una larga nómina de los que, de fervientes partidarios del nosaltres sols (nosotros solos) se transmutaron en no menos apasionados defensores de la España Una, Grande y Libre.
    De todas maneras, siendo ecuánimes, no todos aquellos catalanes -esos sí verdaderamente exiliados- eran conversos (palabra siempre sospechosa de entrada) ni simples arrepentidos (que suena a señoritas de mala vida redimidas por piadosas monjitas), sino que mostraron sinceridad en su afiliación y, en muchísimos casos, agallas en el combate en el curso de aquella contienda.
    Volviendo a nuestro tema -evocar la historia tal como fe está hoy prohibido-, no creo que la multitud de partidarios del procés pase de una adherencia coyuntural a uno señuelos bien publicitados; ya sabemos del papel de las aulas y de los medios catalanes abonados con dinero público en esta tarea de convencimiento.
    Esperemos que el seny termine imponiéndose. Y que los eventuales socios de las entidades separatistas terminen desengañándose algún día y evitar sufragar, con sus cuotas y aportaciones, lo que no deja de ser una frustrada y frustrante aventura; y. de paso, un modo de colaborar graciosamente a la finca de Waterloo o a la dolce vita en tierras escocesas…
 

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