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Manuel Bru explica la importancia del viaje del Papa

Manuel María Bru. 21 de marzo.

El Pueblo y la Iglesia que visita desde ayer Benedicto XVI

Dos etnias pueblan la actual República Democrática de Angola, los originários (predominantes hasta el año 1000) koisan (bosquimanos), identificados así por su lengua, cazadores y recolectores, y los bantú, mayoritarios, cazadores y recolectores como aquellos, pero también agricultores. Monseõr Tirso Blanco, obispo de la diócesis más grande y más pobre del país, que se extiende por buena parte del planalto central, nos hace caer en la cuenta de que los bantú han sido siempre monoteistas, poseedores de una religiosidad natural y de unas tradiciones morales en su nucleo compatibles con el cristianismo, por lo que la evangelización de este pueblo no creó ningún problema de fondo para la inculturación de la Buena Noticia. Nos advierte de esto porque se ha convertido en un tópico tildar a los pueblos de esta tierra de animistas, lo cual es totalmente falso.

Colonización e independencia

La colonización de estas tierras, entonces pertenecientes al Reino del Congo en pleno florecimiento y expansión, se produjo con la desebocadura por el Río Congo de la flota portuguesa capitaneada por Diogo Cao en 1483. Se establecieron relaciones provechosas entre el Reino del Congo y Portugal, llegando la aristocracia congoleña a abrazar el cristianismo y educar a sus hijos en Portugal. En su discurso al llegar al aeropuerto de Luanda el Santo Padre Benedicto XVI ha hecho justicia mencionando al Rey Afonso I Mbemba-a-Nzinga, quién abrazando la fe católica, hace quinientos años, hizo del Congo un reino cristiano que duró hasta el siglo XVIII.

Aquella relación entre iguales se rompió cuando los portugueses inician su comercio de esclavos, lo que dio origen a una extensa invasión portuguesa y a un masivo proceso de esclavitud de más de un millón de habitantes enviados a Brasil a lo largo de los siglos XVI y XVII. Tras la abolición de la esclavitud y la perdida de Brasil por parte de los portugueses, ya en el siglo XIX, Portugal se aferra a sus colonias africanas, incluida la de estas tierras angoleñas. Será en 1961 cuando comience un largo y complejo proceso de independencia, capitaneado por dos grupos, el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y el Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA). Tras sucesivos fracasos en 1964 un grupo disidente del FNLA formó la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), y es entre 1974 y 1975 cuando se prduce la independencia, tras vencer estos grupos tanto al ejercito portugués como al dictador Caetano.

Treinta años de guerra

Pero este no fue sólo el final de una guerra de independencia, sino el comienzo de una guerra civil, que ha durado casí treinta años, entre las diversas fuerzas políticas, apoyadas por las potencias mundiales (el MPLA por URSS y Cuba), y FNLA y UNITA (respaldados por Sudafrica, EEUU y Gran Bretaña). Una guerra que ha costado la vida a más de medio millón de angoleños y en la que gran parte del territorio ha quedado sembrado de minas antipersona, numéricamente superior al número de habitantes, unas minas que, como dice aquí monseñor Tirso Blanco, no son ni pueden ser consideradas como acciones militares, sino terroristas, ya que su fin no es otro que el de sembrar el terror, no van dirigidas a ningún enemigo declarado, sino indiscriminadamente a quien se tope con ellas, y no sólo buscan la muerte de inocentes, sino su mutilación, para hacer más patente el dolor de todo un pueblo.

Fallido el intento de pacificación de 1991, con el desplante, una vez terminadas las negociaciones, del lider unita Jonas Savimbi, el pueblo angoleño, deseoso de la paz, pudo abrir sus ojos a la esperanza desde que empezó la mediación de Nelsón Mandela, en 1994, hasta que, fallecido Savimbi, en 2002, los acuerdos de Lusaka de ocho años antes empezasen a materializarse hasta la celebración de nuevas elecciones en 2008. Años en los que, en continuidad con una guerra de guerrillas, ejercen el poder una serie de gobiernos ideológicamente marxistas, con estrechas relaciones con los gobiernos ruso y cubano.

Miseria absoluta

Angola es un país cuyo sustento principal es su precaria agricultura tribal y familiar. La riqueza, no sólo mal repartida, sino secuestrada por un 1% de la pobación, es la propia de uno de los principales exportadores de petroleo y de diamantes del mundo. La burocracia y la olgiarquía estatalista controla estas fuentes económicas, y a pesar de cierta inversión china en infraestructuras, la realidad aún es que las ciudades angoleñas, exceptuando la zona costera, son auténticos vertederos, donde no hay ni agua corriente, ni apenas calles asfaltadas. El hacinamiento fruto de la inmigración de quienes habían huído de la guerra a los países limítrofes, conforma una población urbana que, como ha dicho el Santo Padre al llegar a este país, vive bajo el humbral de la pobreza absoluta, vive en la mayor de las miserias. Distinta es la vida, ciertamente pobre, de las poblaciones ancestrales, en el interior del país, donde las condiciones de vida, practicamente idénticas desde hace mil años, se mantienen integradas en una cultura tradicional, y por tanto ajenas al efecto llamada de occidente, ese que el Papa ha mencionado también a su llegada, cuando ha hablado de la “falsa apariencia de sueños e ilusiones” que, además de referirse explícitamente a las “ideologias debastadoras” como el marxismo, se alarga hoy en la búsqueda de las migajas de los ricos que, como en tantas otras ciudades del Tercer Mundo, bordea de miseria las grandes poblaciones urbanas de hombres y mujeres analfabetos, desintegrados, presa de la violencia, el alcohol y la mendicidad.

Las tres evangelizaciones de la Iglesia angoleña

Más del 50% de los angoleños son católicos. Un 10% restante protestante, deja en un 35% de angoleños al abrigo de una religiosidad natural monteista, y a un pequeño resto del 5% entre musulmanes y adheridos a diversas sectas, que han entrado con fuerza en contagio con la preocupante extensión de este fenómeno entre los brasileños.

Aquí la Iglesia se ha ganado un prestigio enormen por el testimonio de permanencia durante la guerra, teniendo que haber paralizado practicamente todas sus obras educativas y evangelizadoras, pero estando siempre al lado de este pueblo, lo que no se puede decir de las ONG´s, prontas a desparacer en helicópetos en cuanto se encrudecían, zona por zona del país, los enfrentamientos.

Esta Iglesia, “una iglesia renovada que no ha dejado de crecer hasta nuestros días”, ha dicho el Papa al llegar aquí, ha vivido tres evangelizaciones, la primera, que se remonta a finales del siglo XV (misión efectiva), la segunda, que se remonta al siglo XIX (misión colonial), y la tercera, tras la independiencia (misión testimonial). En este momento, la misión testimonial, superados los problemas de confrontación ideológica con el marxismo suficientemente olvidado, se centra en dos ámbitos primordiales: en primer lugar el mantenimiento y crecimiento de la evangelización en las zonas rurales más pobres y remotas, donde el encaje cultural, a pesar de las diferencias, es fácilmente superable como lo fue en la primera y en la segunda evangelización; y en segundo lugar, el mantenimiento y crecimiento, pero sobre todo el inicio, de una evangelización de las nuevas generaciones, atrapadas por el ensueño occidental, no precisamente de sus raíces cristianas, sino más bien de una cultura edonista, relativista, y consumista. Un desenraizamiento, por tanto, que rompe tanto con una cultura de la vida, la familia y la tribu con grandes valores de convivenia y solidaridad, como una cultura cristiana arraigada tras años de evangelización. Esta tercera evangelización cuenta, en cambio, a pesar de estas barreras, con el fuerza del testimonio misionero de una Iglesia que es la única realidad social que ofrece un futuro humanizador para las nuevas generaciones de angoleños, en un país de desigualdades, corrupción, y caos.

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