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Diario YA


 

ante la mala manera de ser de los otros, uno se siente orgulloso de ser uno mism

La intimidad y el tesoro de la personalidad

Pedro Sáez Martínez de Ubago. Señalaba André Maurois que “a veces, ante la mala manera de ser de los otros, uno se siente orgulloso de ser uno mismo”. Y parece conveniente recordar y valorar esto en nuestra sociedad, en uno u otro sentido, globalizadora y aglutinadora de las personas en masas o colectividades presentadas con frecuencia como excluyentes o, incluso, enfrentadas, sea por origen, raza, religión, cultura, política, economía o afinidades o toda clase (el industrioso norte y el famélico sur; los honrados payos y los ladrones gitanos; los pérfidos y los mártires palestinos; los intelectuales y los trabajadores; las terroristas derechas y las pacíficas izquierdas; la burguesía explotadora y el sufrido proletariado; los ultras de una u otra afición deportiva o las diferentes tribus urbanas…) donde todo parece ir en detrimento de la persona como sujeto de derechos.
Más allá de la ya, por manida, tópica definición aristotélica del ser humano como animal racional, diferenciado de las otras especies por poseer la palabra o conocimiento (el “logos”) y a partir de él la inteligencia, cabe recordar que, mientras los demás vivientes se limitan a ser según sus instintos, los seres humanos podemos fijarnos nuestras metas y decidir y optar en cuanto a nuestras opciones. Es decir: somos libres.
Y ejercitamos esa libertad en la medida en que, junto con la inteligencia, nos capacita para nuestro autodominio y la dirección de nuestra existencia, haciéndonos, por un lado, centros del mundo –en la medida de nuestra necesidad o interés- y por otro y simultáneamente excéntricos de ese mismo mundo, en la medida en que somos capaces de distanciarnos de él para relativizarnos.
En una vertiente más teológica que ontológica, vemos que el catolicismo definirá al mundo como enemigo del Hombre, en la medida en que le aparta de Dios, su principal necesidad, interés y meta. Y, en virtud de ello, el Demonio recibe el nombre de Príncipe de este mundo. O, contrariamente y, en un sentido más afirmativo, el hombre, por amor a algo superior puede postergar alguno de sus instintos, sea el sacerdote que, con el celibato, renuncia al amor carnal en aras de un amor mayor, sea el héroe que sacrifica su vida en defensa de su Patria…
Pero regresando a esa capacidad de relativizarse que puede denominarse “reflexión”, cada ser humano puede convertirse en objeto de su propio pensamiento en el momento en el que, haciendo introspección, se mira a sí mismo (aquel γνῶθι σεαυτόν del pronaos del templo de Apolo en Delfos) y, al hacerlo, deja patente su carácter sobrenatural en tanto que se sitúa más allá de la naturaleza, a la que objetiva al confrontarla consigo mismo.
Pero, más allá, aún de lo hasta aquí apuntado, todo ello no deja de definir limitada y parcialmente la esencia del ser humano, como demuestra una consideración fenomenológica de su realidad a cuya luz se evidencia la limitación de estas definiciones. Tomemos el ejemplo de las experiencias de autocomprendernos o autodescribirnos, donde, junto a esa dimensión racional e intelectual surgida del ejercicio del “logos”, se evidencia un componente sentimental como el que intuía Pascal en su celebérrimo aforismo “el corazón tiene razones que la razón no comprende”.
De ello se desprende que el dar cuenta de lo humano no puede encorsetarse en lo que nuestra mente puede demostrar a partir de principios indudables, como tantos han pretendido desde la cartesiana “duda metódica” y el racionalismo ulterior. Y, gracias a Dios, es incontrovertible que en el ser humano hay algo más que lo racional y que viene a conformar ese núcleo de la personalidad que denominamos “intimidad” y somos incapaces de conocer en su plenitud, porque cada ser humano no deja de tener una parte mistérica para sí mismo, hasta el punto habitual de considerarse comúnmente presuntuoso a quien cae en considerarse buen juez de sí mismo.
Este componente intimista se refleja en el lenguaje diario en la connotación de expresiones como “es una persona visceral”, “te lo digo con el corazón en la mano”… y quizá halla su efecto más fuerte en la transformación operada en el individuo enamorado que con tantos tropos han intentado reflejar desde siempre los poetas, sea cantando el amor humano o el amor divino.
Tomando lo anterior en consideración, aunque, cuando hablemos de personas, nos refiramos al ser en singular, al “quién” que cada ser humano es, la voz `persona´ no es un término descriptivo y unívoco, porque con `persona´ no se constata un caso singular, sino que se plantea una exigencia que, en buen criterio, debe inducir al cuidado y respeto activos de lo que es valorado como un ser único o inviolable que, en esa condición de unicidad revela un carácter sagrado. Para el católico la condición de reflejo del Ser absoluto a cuya imagen y semejanza el ser humano está creado.
Por ello, que alguien esté incluido en la categoría de las personas, nos obliga a considerarlo y, en consecuencia, tratarlo, no desde la perspectiva aludida al principio de exclusión o confrontación, sino como el ser que es fin en sí mismo, que tiene un valor absoluto y objetivo que le hace relevante ante los demás y digno de ser cuidado, desarrollado y defendido en plenitud.
Con palabras de Joseph Ratzinger, “es imprescindible analizar lo que subyace a la pura facticidad y comprender que el ser humano no ha sido arrojado al mundo por un juego de la evolución. Detrás está que cada persona ha sido deseada. Cada persona es idea de Dios”. Esto debe evidenciar que, con palabras de Stuart Mill: “Lo que mata la individualidades el despotismo, sea cualquiera el nombre que se le dé”.  

 

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