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Diario YA

La disonancia cognitiva y el nacionalismo

Fernando del Pozo

La disonancia cognitiva es la mortificación producida por la colisión de dos intensas creencias o aparentes realidades incompatibles entre sí, pero con similar poder de convicción. Así, el pobre macaco “Rhesus” sometido a experimentos en los que su brazo parece moverse de manera diferente a lo que desea su cerebro para alcanzar esa sabrosa fruta que está en su campo de visión experimenta una angustia, debido a este fenómeno, que sólo podemos imaginar. Su pariente, el homo sapiens sapiens – en algunos casos habría que dejarlo en homo sapiens stultus - se ve a veces, sin necesidad de artilugios que disfracen la realidad, sometido a poderosas tensiones cognitivas, y los efectos de esas tensiones pueden ser gravemente destructivos. En este caso, sin embargo, no necesitamos un especial poder de imaginación para conjeturar los esfuerzos que el homo sapiens (en su variante stultus) desarrolla para hacer compatibles las incompatibles realidades percibidas. Simplemente los contemplamos (y sufrimos los demás).
Por ejemplo, el yihadista o mero devoto musulmán que sabe - con la certeza que da el haber sido proclamado por el Profeta como revelado por Alá - que el Islam es el mejor de los mundos, la sociedad más perfecta posible en la Tierra, mientras observa con sus propios ojos cómo la sociedad occidental – la de los cruzados – es superior se mida con el parámetro que se mida, experimenta una disonancia cognitiva de extraordinaria intensidad. Las dos cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo, la perfección del Islam y la superioridad occidental. Su reacción ante este dilema debería ser la de la zorra de Esopo – clásico ejemplo citado para ilustrar este concepto – y simplemente ignorar las uvas – occidente - declarándolas poco maduras. Desgraciadamente, en lugar de la sensata solución de la zorra, algunos recurren al remedio drástico de tratar de destruir la sociedad occidental que los acoge. Todo vale, incluido el suicidio (eso sí, llevándose por delante tantas víctimas como sea posible, lástima que no sea sólo individual) para conseguir la resolución de la disonancia. Claro que ninguno trata de destruir el Islam, la otra mitad del dilema.
Pero los devotos musulmanes no son los únicos en sufrir de manera endémica este problema. Los nacionalistas tienen su propia versión de disonancia cognitiva, porque, aunque no es verdad revelada, es igualmente una verdad incontestable que lo suyo es superior, su lengua la más armónica (en algún caso es la que se hablaba en el Paraíso, antes de que Adán y Eva cometieran la fechoría que les granjeó la expulsión) y desde luego la más expresiva y rica en matices, no como esa lengua tosca, sólo vagamente funcional, que emplean los de otras etnias inferiores, en nada comparable con la musical lengua de Mosén Jacinto Verdaguer, de Rosalía de Castro, o la de alguien que no recuerdo que escribía en vascuence, perdón, euskera, o en bable. Al lado de ellos, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y tantos otros son, como diría Sinuhé el egipcio, como zumbidos de moscas en el afinado oído nacionalista.
Y sin embargo, esas etnias inferiores, con claras dificultades de comunicación por lo torpe de su lengua, mandan e intervienen en los asuntos de sus superiores físicos, morales y culturales, meramente por el hecho puramente accidental de que pertenecen al mismo Estado. He aquí el corazón de la disonancia cognitiva del nacionalista: el superior nacionalista – catalán y su creciente número de seguidores, pero también vasco o gallego - es sometido al dictado de los inferiores castellanos. No muy diferente, si bien se piensa, al problema más arriba descrito que sufre el yihadista.
Sí, he escrito la palabra “etnia”, a pesar de que para una persona normal estaría fuera del contexto lingüístico en el que estaba el argumento, y es que es por ahí por donde el nacionalista empieza su proceso de racionalizar el dilema presentado por la disonancia: hay rasgos físicos y morales (pero hereditarios) que configuran la diferencia, como el cráneo acusadamente dolicocéfalo coronado por una boina, la afición a cortar troncos o a hacer castellers, o el desmedido amor al dinero, conseguido a veces por medios menos que honrados, bien que esto último tiene el inconveniente de poner a uno al alcance de jueces no nacionalistas, con resultados francamente enojosos.
Pero el dilema del nacionalista llega más lejos, y las soluciones buscadas tienden a ser más drásticas que meramente consolarse haciendo corros de sardana los domingos frente a la catedral o poniéndose morados en los clubs gastronómicos. Porque la lengua y la etnia, por sí solas, no satisfacen el anhelo de ser diferente si uno se ve obligado a convivir demasiado íntimamente con otros menos afortunados, y que ¡horror! no hablan la lengua de Ramón Llull. Al que baila la sardana no le gusta que otros miren: o bailan o se van. Para llenar el corazón del nacionalista verdadero es preciso trazar una frontera que le separe de la chusma y, sobre todo, que impida que manden los otros. Sólo el gobierno de los que son de la misma sangre y hablan la misma lengua es aceptable. Descartado, por excesivo e impopular, el procedimiento patentado por los hutus para librarse de lo que percibían como injustificado dominio de los tutsis, la única solución que queda para resolver el dilema es separarse. Divorcio unilateral. Es lo lógico y lo moral – ahí están los bisbes y mosenes, pero también aunque con alguna menor devoción nacionalista bispos y cregos, apezpikuak y apaizak, para bendecir la necesaria ruptura del vínculo, a fin de cuentas el matrimonio nunca fue consumado – y encima nos hacen un favor. Porque, de tanto repetir que España les odia, una mentira flagrante hace no tantos años, han llegado a convertirlo en realidad, en un caso claro de profecía autocumplida: España entera está hasta el gorro de las injustificadas, impertinentes y continuas quejas de independentistas catalanes y vascos, y daría cualquier cosa por que terminaran. Y, contra el famoso dicho orteguiano, la famosa conllevanza tiene un límite que ya hace tiempo que hemos alcanzado y rebasado.
Desafortunadamente para los deseos de independentistas (y de españolistas hartos), la independencia es mucho más fácil de predicar que de hacer efectiva. Como dijo hace poco, en un momento de rara lucidez, un conocido diputado a Cortes de profunda adscripción independentista, “la montaña era más alta de lo que parecía” (léase con pronunciado acento catalán). Lástima que esa estimación no la hubieran hecho antes de dejar el campamento base y meterse en una ascensión de difícil culminación y más difícil retorno. Porque el daño hecho es incalculable. Los afectos rotos con la España al sur del Ebro, y, seguramente peor, en los moradores del norte entre sí, deberían haber sido considerados como bienes superiores al placer de bailar la sardana a solas.
Si lo hasta aquí escrito, querido lector, le parece agrio por excesivamente sarcástico, tiene razón. Pero yo también tengo mi disonancia cognitiva: de un lado está mi profundo rechazo a los intentos separatistas, y de otro la sumisión a la corrección política. Me he dado cuenta, sin embargo, de que yo también prefiero resolver la discrepancia destrozando lo que me es más ajeno: la corrección política.