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Diario YA


 

Camino de Zinderneuf

Hablemos de Fitzgerald

Juan Carlos Blanco. Da la impresión de que algunos de los escritores más destacados no habrían logrado alcanzar sus elevadas cotas de genialidad sin la disoluta vida que soportaron al tiempo que se enfrascaban en la composición de sus eminentes obras, la vorágine de desconcierto y de sucesos entreverados que hacían de sus días una mezcla idónea y excluyente, de la que no conseguirían distanciarse nunca. Es el caso del escritor que abordamos en esta ocasión, Scott-Fitzgerald encarnando a la perfección el papel de hombre superado por los acontecimientos y embebido en su propio drama, si es que puede catalogarse como tal la vida de alguien.

Sus comienzos dubitativos y su niñez y juventud primera que no hacían esperar nada de lo que vino luego, con el transcurrir del tiempo. Su ingreso en la universidad de Princeton en 1913 con la que sostuvo una relación compleja que concluyó con sus pasos alejándose irremediablemente de ella, la etapa en el Princeton Triangle Club considerándose por la mayoría como el desencadenante y motor primero que puso en funcionamiento la maquinaria de su escritura, las relaciones sociales y la proximidad con que ansiaba observar el deambular de la alta sociedad tomando cuerpo y sentando las bases de lo que serían sus años próximos. Y la presencia exultante de Zelda Sayre, disoluta en extremo y responsable de muchos de los sucesos desagradables que habrían de alcanzarles a ambos. "Gatsby creía en la luz verde, en el orgiástico futuro que año tras año retrocede ante nosotros. Nos esquivó en el pasado pero no importa, mañana correremos más rápidamente, extenderemos más nuestros brazos... Y en una mañana hermosa... Así seguimos, bogando a contracorriente, retornados de manera incesante al
pasado".

El alcohol, las fiestas, los viajes continuados, el gusto por la sociedad más alta y encopetada que arrastró indefectiblemente su escritura y que condicionó su forma de entender la vida. París como centro de todo y la Ribiera como opción segunda donde proseguir el desenfreno aquel que terminaría en desastre. Su mujer Zelda perdiendo los papeles progresivamente, esquizofrénica y deseosa de llegar lo más lejos posible en sus desvelados sueños, hasta dar con sus desportillados huesos en algunos de los hospitales y residencias más reputados de Suiza y de su país de origen. Y mientras tanto la producción de Fiztgerald que continuaba incrementándose y que parecía vivir al margen de su desnortada vida, como si no pudiera verse afectada por ninguno de los terribles sucesos que se situaban muy cerca, o como si necesitara de ellos, tal vez su escritura minuciosa se alimentara de la violencia extrema y de la enfermedad y del desconsuelo que termina por alcanzar ineludiblemente a quienes no saben detenerse a tiempo. "El gran Gatsby", "Suave es la noche", "Todos los jóvenes tristes", "Cuentos de la era del jazz", "Hermosos y malditos"... Por nombrar un puñado de sus obras más célebres, su lugar eminente no podrá relegarse nunca, disputando por derecho propio la cima literaria del siglo veinte a otros de los autores más influyentes. Y cesó repentinamente su vida con apenas cuarenta y cuatro años, un infarto que vino a concluir su producción tan valiosa y su desbordante rutina, su gusto por las noches muy largas y remojadas en los cócteles infinitos que consumía sin comedimiento, el glamour y el lujo de que gustaba rodearse y que terminó por arruinar su mirada vidriosa y cargada de la lucidez esporádica que se reflejó en sus inolvidables libros.

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