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Diario YA


 

Camino de Zinderneuf

Alternativas literarias

Juan Carlos Blanco. Existe un libro adecuado para cada momento, en función de lo que necesitemos verdaderamente y de lo que mejor se adapte a las circunstancias que estemos atravesando. Y con frecuencia son los propios libros los encargados de elegirnos en el instante preciso, como si lograran atraer nuestra atención completa hacia su posición mediante algún sortilegio impredecible y que nos hace presos.

De pronto fijamos nuestra mirada en el estante exacto en que se encuentra ese ejemplar descollante que parece llamarnos a gritos, volviéndose visible de un instante para otro y destacando entre los demás volúmenes de la biblioteca tan apretada. Por no hablar de la manera en que se comunican entre ellos mismos, haciéndonos saltar de un autor a otro mientras avanzamos por completo enfrascados en la lectura atenta de una novela, un guiño providencial a Conrad entre las líneas muy calculadas de Arturo Pérez-Reverte, una mención somera de Marías a Nabokov, McEwan atrapando al lector en el momento justo en que profundiza en la obra de Shakespeare (qué decir de Javier Marías al sumergirse en la propia esencia del enigmático Bardo), De Prada sumiéndonos en la contemplación inveterada de las vías Tomistas.

Y así nos vamos dejando llevar de un escritor a otro y de una novela a otra sin que apenas nos percatemos, como si no decidiéramos más que vagamente lo que nos apetece leer y nos rindiéramos a las necesidades de los propios libros, que terminan por parecerse a las nuestras, o por mixturarse de alguna manera. Es el modo en que se van enlazando las lecturas hasta llevar a cabo la urdimbre que completa nuestro bagaje y que no cesa nunca de ensancharse y de incrementarse y de solicitar nuevas lecturas que vengan a sumarse a las anteriores y que inciden en el resultado final que nunca terminamos de ver lo bastante extenso. Un libro de viajes tras la lectura ensimismada de alguna de las novelas de aventuras de R. L. Stevenson, es lo que parecemos necesitar lo primero de todo, un libro de viajes que nos lleve de una manera menos literaria a los lugares que con tanto brío nos mostró la literatura, un manual de pintura tras haber leído a Dante y haber compartido su necesidad por Beatriz que oprimía tanto su pecho (Si la razón sigue a los sentidos debes de tener muy cortas las alas), un simple callejero de Londres después de haber acompañado a Holmes en sus devaneos post morfina en los que aguzaba tanto el entendimiento: “La pasada noche se cometió un crimen en circunstancias misteriosas en el número 16 de Godolphin Street, una vetusta y solitaria calle de edificios del siglo XVIII, situada entre el río y la Abadía, casi a la sombra de la gran torre del Parlamento”. “El rastro bajaba hacia la ribera del río, pasando por Belmont Place y Prince´s Street. Al final de Broad Street llegamos hasta la orilla misma, donde había un pequeño muelle de madera. Toby nos condujo hasta el borde del embarcadero y allí se paró, gimiendo y mirando la negra corriente de agua que pasaba a sus pies. –Se nos acabó la suerte -dijo Holmes”.

Como si una línea exigua y apenas visible se ocupara de enlazar las obras más importantes de los autores más grandes, y así nos condujese la inercia de sus lecturas a las próximas que habremos de afrontar con igual entusiasmo; es el modo en que parece perpetuarse el mundo de la literatura y en realidad todo aquello que tenga que ver con los libros y aun con la música y la pintura y lo que se relacione con el devenir propio del ser humano, pues es más que nada esa la razón primigenia que nos hace girarnos sobre nosotros mismos y extender la mano hacia los lugares que consideramos más importantes, la búsqueda permanente de la belleza y la necesidad de perdurar en unas circunstancias que nos son adversas, lo efímero de nuestra condición y de lo que llevamos a cabo y que tan poco dura.

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