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Diario YA


 

¿QUÉ ESCUELA SALDRÁ DE ESTA CRISIS?

MANUEL PARRA CELAYA    No sé por qué extraña asociación de ideas me ha venido el recuerdo de lejanos días, en la década de los 50 del pasado siglo, cuando las clases se interrumpían para que los niños de entonces bebiéramos un vaso de leche y un comiéramos un trozo de queso amarillento, obsequio del amigo americano, a modo de Plan Marshall de consolación.
    Aquella leche en polvo se hervía en las vetustas cocinas de la escuela y se repartía por las aulas, para lo cual se nos entregaba un vaso de duro plástico -y peor olor- que luego había que lavar a conciencia. Toda esta operación implicaba una distribución rotativa de tareas, bajo supervisión del maestro, unos servicios organizados y designados por uno de nosotros, a modo de furrielato escolar. Sin darnos cuenta, con el desarrollismo nacional, esta ceremonia fue desapareciendo, quizás porque los niños ya no estábamos tan desnutridos como decían, quizás porque los dadivosos benefactores de más allá del Atlántico tenían que atender a otras cosas más perentorias.
    Ahora caigo que esta reminiscencia de mi infancia la ha provocado la lectura de las recomendaciones que la OMS para la reapertura de la actividad escolar cuando las circunstancias de la pandemia lo permitan, ya que todas ellas exigen una buena organización entre alumnos, profesores y demás personal de un centro, lo que lleva emparejada la aplicación de esa terrible palabra que ha sido borrada de las pedagogías al uso: disciplina.
    En efecto, la OMS ha recomendado, por ejemplo, un horario fijo para el lavado de manos y otras medidas higiénicas estrictas; imagínense varios ¡no me da la gana! de alumnos, escena habitual en nuestros días, ante la impotencia del docente de turno, que solo puede contestar que llevará el caso al Consejo Escolar para que adopte una decisión. Asimismo, recomiendan mantener las distancias de seguridad en el aula, lo que implica cambiar la ratio alumnos-profesor, y en este punto es donde las Administraciones educativas se llevarán las manos a la cabeza y se negarán a contratar más docentes. También, la desinfección permanente de aulas, instalaciones y pupitres, que equivale a más personal de limpieza o a formar brigadas de alumnos, con equipo adecuado y conciencia clara de sus deberes, parece una utopía para la mentalidad de nuestros gestores en Educación.
    Por otra parte, la recomendación de insistir en las teleclases va a chocar frontalmente con un tabú esgrimido por nuestros pedagogos a la violeta: la instauración de la meritocracia entre el alumnado, pues implica solo aquellos que tengan interés por los estudios, se apliquen al esfuerzo personal y cuenten con familias responsables como apoyo indispensable van a seguir con aprovechamiento el curso. Como manifiesta Gregorio Luri, que sabe bastante de estas cosas, Me atrevo a decir que nos enfrentamos hoy a este dilema: o meritocracia o ennoblecimiento de la vulgaridad; y la Enseñanza en España hace muchos años que ha elegido la segunda parte de esta disyuntiva.
    En fin, un verdadero embrollo. De momento, las autoridades españolas -léase la señora Celaá como cabeza y guía de un imprescindible proceso de reanudación de la actividad escolar- se han limitado a ese tácito aprobado general que comentaba hace unos días y a la boutade de que solo podrán asistir a los centros un 50% de los alumnos, si aún no hay vacuna; un parche improvisado, como todos los demás, que ha hecho llevarse las manos a la cabeza a toda la comunidad educativa. Una medida más inmediata va a ser la asistencia voluntaria a los centros de los alumnos de los últimos cursos de cada etapa, especialmente aquellos que deben afrontar una validación para pasar a la siguiente (4º ESO, 2º Bachillerato) o, en el caso de la FP, aquellos a quienes esperan sus prácticas o supuesta integración en el mundo laboral. De todas formas, ya se sabe que la reanudación de este curso va a ser imposible.
    Creemos que la última -o la penúltima, porque nunca se sabe- ha sido la idea de una comisión para contemplar el nuevo curso en los posibles varios escenarios; ya sabemos lo que dijo Napoleón de las comisiones: son el modo de que algo nunca funcione…
    Con todo, otras medidas, menos técnicas, se vislumbran entre bastidores, como la inclusión en el currículum de asignaturas adoctrinadoras o las embestidas contra la concertada y la privada; seguro que en ese campo no descansan los socios de Pedro Sánchez, a los que les va de maravilla el confinamiento y, sobre todo, la reclusión mental de los españoles.
    La recuperación de esta situación de pandemia podría ser un momento muy adecuado para un replanteamiento de muchas cosas, en el plano personal, en el social, en el económico, en el político; una oportunidad histórica de revisión del camino que hemos ido siguiendo hasta aquí. Y, especialmente, en la Enseñanza, que lleva decenios sin levantar cabeza, sumida en un estado de postración y progresivo declive. Ello requiere una Escuela diferente.
    Los actuales ocupantes de las aulas acaso ya no estén desnutridos físicamente, pero, en muchos casos, adolecen de una desnutrición psicológica, cultural y axiológica, que les ha venido dada por tantas y tantas reformas en la Enseñanza, más obedientes a los intereses de partido o de secta que a los de la sociedad española. Tampoco esperemos que ningún amigo exterior venga a sacarnos las castañas del fuego con alimentos de importación. Tenemos que ser nosotros mismos quienes llevemos a cabo el milagro, llevando al frente a los profesionales de la enseñanza y a las familias que tengan conciencia de ser tales.
    Porque es precisamente el ámbito educativo el que podría asegurar, de cara al futuro, la reconversión de las mentalidades e incluso de muchas estructuras anacrónicas. Así podría surgir una nueva generación de ciudadanos abierta al pensamiento crítico y positivo, formada en valores y más capacitada para iniciar una nueva etapa de la historia.
                                                                 

 

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